lunes, 19 de enero de 2009

eL RiTuaL DeL DoMiNGo


Es algo que he visto hacer en mi casa desde que tengo memoria de ello, aunque puede que los domingos de vuelta de una larga noche el ritual haya tenido alguna interrupcion.


Cada domingo por la mañana, pronto muy pronot, mi aita bajaba (y sigue bajando) a comprar el pan y los periódicos. Y poco a poco mientras ibamos desayunando o terminando de hacer las camas y algunas cosas mas (en especial mi ama) nos ibamos acercando todos al salon, pasandonos unos a otros los periodicos y suplementos que cada domingo llenaban la mesa del salon.


Han pasado muchos años y ya no vivo con mis padres, pero este ritual, quizás con algun cambio sigue formando parte de mi vida. Me encanta salir los domingos por la mañana a comprar los periódicos, son de esos momentos mágicos en los que la ciudad esta parada, apenas hay gente paseando por la calle, ni coches llenandolo todo de humo y ruido.


Y en este ritual una parte importante son los articulos de opinion, algunos llegan incluso a la categoria de pequeñas novelas de una página. Entre todas confieso mi devoción por Almudena grandes en el suplemento del pais semanal, a pesar de que sus textos solo se publican una vez cada dos semanas.


Y a veces ocurre, llega una historia que me conmueve ( bueno muchas veces) y leo todas esas palabras juntas, que alguien a escrito para mi, aún sin saber que yo existo y entonces me gustaria llorar, porque quizás la autora no lo sepa, pero la protagonista soy yo...Ayer me ocurrió, otra vez. Por eso seguiré cumpliendo el ritual, porque a veces es bueno que alguien que no te conoce te recuerde en un articulo al final de una revista...


SEGUNDO ANIVERSARIO

ALMUDENA GRANDES 18/01/2009 (EPS)


Le conoció hace dos años, en Nochevieja, una fiesta desastrosa, un piso demasiado pequeño para tantos invitados, descoordinación absoluta entre los encargados de llevar hielo y los de llevar comida, y el pintoresco criterio del trío encargado del alcohol. A la una y cuarto de la mañana había pacharán, tequila reposado, dos bolsas grandes de patatas fritas y doce bolsas de hielo, de escasa utilidad a la vista de las existencias. La dueña de la casa estaba a punto de llorar, su marido concentrado en consolarla, y una parte considerable de los invitados en el dormitorio matrimonial, viendo un resumen del Mundial. Entonces ella comprendió que tenía que hacerse cargo de la situación sin remedio, una vez más.


No le importó. Primero, porque estaba acostumbrada, y después, porque tampoco tenía mucho que hacer. La anfitriona desastrosa era una de sus mejores amigas del colegio y la había llamado dos semanas antes para invitarla a la fiesta y pedirle, de paso, que le hiciera tres docenas de bolitas de coco, de esas tan ricas que haces tú... Así que, aunque habría preferido no salir, allí estaba ella, con un vestidito negro y corto que le sentaba bastante bien, unos tacones discretos y su conciencia de chica invisible de veintinueve años, de esas que llevan más de diez dedicándose a poner copas en la primera parte de todas las fiestas para ocuparse de cuidar a los borrachos después. Porque ella, para qué mentir, era fea. Ni gorda ni flaca, ni alta ni baja, ni con gafas ni con ortodoncia, nada que pudiera arreglarse, corregirse, mejorar con el tiempo, no, sólo fea, frente exagerada, ojos pequeños, nariz grande, labios finísimos, barbilla puntiaguda, el pelo lacio, ni rubio ni moreno, el pecho más bien plano, las caderas más bien anchas, las piernas cortas, de pantorrillas musculosas y tobillos gordos, una mujer fea.


SU AMIGA, EN CAMBIO, ERA TAN GUAPA que siempre hacía de angelito en las funciones de Navidad del colegio, y quizá por eso, mientras su fiesta naufragaba, gimoteaba sin saber qué hacer. Ella sí sabía, siempre sabía, y no tardó un segundo en coger el abrigo, el bolso, e ir a decírselo con las llaves del coche en la mano, deja de llorar y no te preocupes, ahora mismo vengo, ¿qué quieres que traiga? Y entonces, un desconocido alto, moderadamente corpulento, de piernas largas y piel tostada, la cogió por el brazo y le dijo con naturalidad, espera, voy contigo. ¿Sí?, preguntó ella, muy sorprendida. Claro, ¿cómo vas a ir tú sola de compras a estas horas?


Tranquilidad, se recomendó a sí misma mientras los dos entraban en el ascensor. Y estaba tranquila, tanto que cuando él le dijo: y ahora que estamos solos, cuéntame qué piensas encontrar abierto hoy, a estas horas, enumeró con aplomo media docena de posibilidades, están las gasolineras y las cafeterías de los tanatorios, algunas tiendas cierran a las dos, la despensa de mi abuela, que es insomne, está siempre tan repleta como si mañana fuera a acabarse la comida en el mundo, y tengo una prima que trabaja en un bar. Él se echó a reír, ni así. ¡Ah!, ¿no?, ella también se rió, ¿qué te apuestas? Lo que quieras... Tres cuartos de hora después, cuando subían en el ascensor cargados de bolsas, él la miró, sonrió y le dijo que era una mujer increíble.


DESDE QUE GANÓ AQUELLA APUESTA ha perdido la cuenta de las apuestas que ha perdido contra sí misma. Porque primero pensó que era homosexual, pero no. Luego, que era impotente, pero tampoco. No tenía ninguna enfermedad crónica, ni física ni mental, no era adicto a prácticas sexuales peligrosas, no vivía con ningún pariente incapacitado, no estaba casado, no huía de la justicia, no era un psicópata, no le olían los pies, no era tonto, ni vago, ni miembro de una secta, ni siquiera daltónico. Su única rareza era que le gustaba montar en bici y por eso tenía la cara morena todo el año, nada más. Y sin embargo, ahí está, levantándose a su lado todas las mañanas, para que ella, al verle, se diga siempre lo mismo: no puede ser, no puede ser, y exprima su imaginación en busca de un último argumento, cualquier detalle oculto que haya podido pasársele por alto a sus amigas, a sus hermanas, a sus primas, a su madre, a todas esas mujeres que levantan las cejas de asombro cada vez que les ven juntos, y guardan un silencio más elocuente que las palabras un segundo antes de decir, ay, hija, qué bien, cómo me alegro por ti...


Al despertarse, desde hace ya más de dos años, él suele decirle que está muy guapa por las mañanas. Y cualquier día, ella empezará a creérselo, pero, aunque a la mujer fea que habrá sido hasta entonces le cueste trabajo aceptarlo, eso no va a hacerla más feliz. Afortunadamente, tampoco menos.


3 comentarios:

Álvaro Dorian Gray dijo...

Me ha encantado. Mi ritual es el mismo, es más, no suelo desayunar si no tengo el diario.
saludos y salud

Sara dijo...

Los domingos por la mañana son increíbles...

Y después de leer un rato, salir a pasear, cosa que por cierto hace mucho que no hago. Hay dos buenas opciones aquí en mi ciudad, el Parque Grande, o la Plaza de San Bruno y su mercadillo de antigüedades. Y después, el bermú, quién da más??

Luis Cano Ruiz dijo...

El artículo ya lo había leído -quizás es porque comparto el mismo ritual desde hace un año-. Me levanto, saco a mi perro comprobando que la calle está más tranquila. Hay paz.

Después me propongo -por internet-a leer cuatro artículos de prensa (Reverte, mi preferido; Javier Marias; Rosa Montero/Almudena Grandes, Paulo Coelho/Carmen Posadas) Es una mañana mágica.

Un saludo.